Fría como la noche era mi mirada tras la ventana, observando como la lluvia tras el cristal, hacia llorar al reflejo de una parte de mi alma, desconsolada y emotiva, abarcaba libre y soñadora mi imaginación entre recuerdos ya pasados, pero nunca olvidados.
Pero...¿dónde se hallaba en ese momento mi corazón? Ni yo misma lo sabía, pues su ausencia me mantenía sin vida, intacta, escondida tras mi dudas, mis sentimientos y mis pensamientos.
Pero solo una imagen, un recuerdo, un sentimiento abarcaba todo lo que mi mente estaba mirando,
una silueta que había raptado mi corazón, eran tan cálidos el roce de sus manos, un cariño que me inundaba y me llenaba; no podía entender como tras esa apariencia despreocupada, que se guiaba tras una mente calculadora, sentía tanto y callaba todo.
Mi corazón lo amaba, mi alma desconfiaba; mi corazón arriesgaba, mi alma se aislaba...Pues para mi corazón no había miedo dónde arde el fuego de un sentimiento, pero mi alma, mi alma, formada por tantas cenizas apagadas, tenía miedo, miedo de volver a ser engañada. Pero cuando le miré, mi alma también miró y fue ahí, donde toda esa apariencia fría y despreocupada se desnudaba ante mi, quedando en si, solo unos ojos, tan inmensos como el horizonte que une el cielo estrellado y el mar, me miraban a mi y nada más que a mi...Eran tan penetrante esa mirada que me derrumbe, me sentía desnuda, no tenía donde esconderme y no me atrevía a mirar; sentía tanto pero no me quería dejar llevar, no me quería volver a equivocar, pero esas manos tan cálidas, se acercaron para volverme a levantar, inundada en tanto cariño, me atreví a volverte a mirar, y ahíf fue, cuando me dejé llevar. Perdiéndome en ese horizonte, que desde un principio, me parecía tan hermoso y misterioso, pero aún más hermoso, era todo lo que se escondía en él, tanto amor, que en un abrazo, mis lágrimas volvieron a fluir por mis mejillas...Volví en sí, mi corazón había vuelto y aunque no estuvieras aquí, se había traído consigo un pedacito de ti.